miércoles, 27 de abril de 2016

Desvío (Piloto)

Podría escribirles una frase rebuscada y fría, utilizada ya en obras literarias tan grandes para la historia como “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Pero lo cierto es que no estoy aquí para contarles mi historia, esta, esta la historia de alguien que a pesar de arrojarse mil veces al vacío, se encontró en la cima de su vida, con un corazón roto y un hoyo negro que absorbía cada segundo de su día…
Todo empieza con el sonar de la alarma, de un celular claro está, ustedes saben, ya nadie usa un reloj con alarma, esos pequeños dispositivos que te caben en la palma de la mano, a menos que te creas decorador de interiores (para cargar una azulejo todo el tiempo) o en su defecto, tengas la necesidad de leer el periódico con una lupa y tus lentes de aumento al mismo tiempo, mi punto es que los móviles ya lo pueden hacer todo, pero me desvío demasiado, disculparán que suceda esto constantemente, suelo dar muchas vueltas a las cosas, en fin, ¿en dónde estaba? La alarma, Miranda tomaba su celular y detenía la alarma todos los días, ella había leído en un artículo en Internet que utilizar la función de posponer o “snooze” (como lo llaman los jóvenes de hoy, no estoy seguro que los jóvenes usen ese término, en lo personal me parece ambiguo y soso) es una mentira que afecta más a tu cerebro que ayudarle realmente, verán, cuando le dices a tu cerebro que descanse 10 minutos más, no logras realmente entrar en un estado de relajación que te ayude a obtener energía, si no todo lo contrario, interrumpes un proceso que solo te dejará con la sensación de que sigues cansado y eso solo causará que estés de malas el resto del día intentando llegar al final de tu jornada laboral, ¿me estoy desviando de nuevo verdad? lo siento lo siento, intentaré ser consistente. Miranda se despierta todos los días al primer sonido de su alarma, eso ya lo dije, se levanta, se baña, se pone el uniforme de su trabajo y se agarra el cabello en una coleta de lado que cae delicadamente sobre su hombro, de vez en cuando observa sus profundos y enormes ojos azules en el espejo de su ducha, pensando en lo difícil que es tener que darles una sonrisa a todos los clientes hipócritas que llegan a hospedarse en el hotel mas lujoso de la ciudad. ¿Por qué es hipocresía? Bueno Miranda tiene la convicción de que ninguno de los clientes del hotel es en realidad alguien humilde, porque alguien humilde no se hospeda en un hotel de cinco estrellas, es extremadamente costoso, ella lo sabe, y nadie gastaría esa exorbitante cantidad de dinero sin desear, en algún más mínimo grado, ser reconocido como un miembro de la alta alcurnia de la sociedad. Si, si, dirán que es envidia, o que simplemente se siente miserable por tener un trabajo que la obliga a dar su mejor rostro durante 12 horas, 6 días a la semana, pero tienen que admitirlo, es extenuante, y una vez que conozcan a Miranda, entenderán que envidia es lo que menos les tiene a estas personas.
Volviendo a lo importante, Miranda suele acompañar su camino al trabajo con un café, hecho en casa obviamente, y sus audífonos acompañados de música variada, desde música formal como la Introducción a Rondo Capriccioso de Camille Saint Saens hasta Bohemian Rapsody de Queen, o Hey Jude de The Beatles, eso si, nada de reggaeton, tal vez un poco de cumbias, uno que otro tango. El camino que recorre es sencillo, sale de su casa, camina cinco bloques al sur para alcanzar la parada del autobús, toma la ruta que va al círculo hotelero de su ciudad y se baja a dos bloques de su destino, eso le da tiempo suficiente para arreglarse la camisa y terminar una canción más antes de poner su huella digital en el checador del hotel, saludar a sus compañeras en recepción y tomar asiento en la silla central, convertirse en la primera impresión que los huéspedes tienen al entrar al hotel, su trabajo, más allá de dar una atención al cliente excepcional y memorable, es lucir lo más brillante posible con su sonrisa, lo cual ya tenía dominado, incluso ese día que conoció al hijo del dueño de aquel hotel que entró por la puerta principal sin compañía. Miranda no sabía quien era, pero sabía que hacer, entrecerrando sus ojos con unas mejillas ruborizadas y levantadas en una amplia sonrisa tan brillante como el sol observó al muchacho.
– Buen día, bienvenido al Flor de Liz, ¿cómo podemos asistirte hoy? –